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Alberto

En palabras de Alberto Granado: "En agosto de 1964, el Che quiso despedirse de mí; yo creí que se trataba de uno de esos viajes en que representaba a Cuba en asambleas internacionales, pero después me enteré de que se había ido a combatir al Congo. En ese encuentro yo le comenté que de todos los vicios capitalistas había dos que no lograba quitarme, uno era viajar y el otro era el trago. Él me respondió: "Mirá, petiso, vos sabés que el trago nunca me interesó y viajar, si no es con una metralleta, tampoco me atrae."
“Necesitamos ver el mundo en su realidad no en su retrato; necesitamos bañarnos en la vida” Javier Reverte.
“La aventura, la gran aventura es contemplar como aparecen una cosa desconocida tras otra cada día delante de tus ojos” Henri Cartier-BressonMuchas veces he preguntado a mis amigos: ¿Tú cuando sales que eres viajero o turista? ¿Haces turismo o por el contrario viajas?
Casi siempre se me responde lo mismo: Yo viajo. Por supuesto.
Como si el hacer turismo fuera malo en sí mismo, o en todo caso de un nivel humano menor que el viajar.
Sin embargo cuando pregunto cual es la diferencia entre el viajero y el turista casi nunca se me da una respuesta clara; casi nunca me saben que responder.
Lo más que he sacado en claro es que el viajero no sabe cuando regresará a su casa mientras el turista tiene una fecha fija de

vuelta.
Esto tampoco me convence porque si fuera así casi ninguno de nosotros habría viajado nunca; casi siempre que hemos salido sabíamos cuando íbamos a volver: teníamos un billete de avión, de tren o de autobús para la vuelta. O teníamos en mente una fecha de regreso más o menos aproximada.
O si esa fuera la diferencia el personaje de Willy Fog nunca hubiera sido un viajero; y nadie lo duda que lo fue.
También se me ha dicho que el turista no se mete en la vida del pueblo al que visita, no ve sus costumbres, no entiende su cultura, ni oye sus esperanzas, ni intuye sus frustraciones. Y como no hace eso, no puede analizar la realidad que rodea, no encuentra la diferencia entre su mundo y el nuevo que visita; sólo consume (sic) paisajes o monumentos. Por lo tanto al regreso de poco la ha servido la visita, sólo tiene para enseñarles a sus amigos un puñado de fotos de monumentos, y unos cuantos souvenir y camisetas con frases estupidas o geniales. Además se me dice que el turista ya sabe de antemano aquello que va a ver, por lo tanto no hay sorpresa en la visita, y uno se queda con la idea previa que tenía antes de ir hacia allá.

Pero esta estigmatización del turista no resulta real: conozco muchos mayores que vienen de sus visitas totalmente organizadas con guías y autobuses grupales a más de mil de Paris, Viena, Londres, Praga, Munich, Venecia, Roma, o Estambul, con millones de anécdotas, de análisis sobre la realidad sobre aquellas ciudades y aquellos países, de interpretaciones de las diferencias culturales que les separan de esos pueblos, para contar a sus amigos. Y desde luego sí que se sorprenden de lo que van viendo y experimentando. Porque cada uno interpretamos la realidad como la vivimos, así que por mucho que nos cuente

n como son las cosas, en el momento en que las vivimos por nosotros mismos la experencia se convierte en un acontecimiento único, y nuevo: soprendente.
Así que a la vuelta sí tienen mucho que dar: recuerdan constantemente lo vivido allí, y piensan que entienden mejor el mundo; por lo tanto ser turista no es vano.
Pues bien, si tan difícil les es a mis amigos –todos ellos seres inteligentísimos- darme una respuesta convincente a mi cuestión; será porque no hay una diferencia clara entre el turista y el viajero ¿o sí?
Dicen los
chichewas, que viajar es bailar y pregunta Javier Reverte que sí exista algo más libre que bailar. Esa es la clave.
Viajar es el último verbo libre, viajando nos hacemos libres: estamos en libertad. Si no es así no es viaje.
Viajando decimos adiós a nosotros mismo, o a lo que somos nosotros mismos en nuestra rutina. Si realmente viajamos nos convertimos en otras personas, quizás en las que somos realmente.
Al viajar nos olvidamos de todas de todas fórmulas mil veces repetidas en nuestra rutina que nos hacen salir más o menos airosos de situaciones que ya nos sucedieron miles de veces. En nuestra rutina tenemos que tratar a diario y por mucho tiempo con personas que no nos merecen ninguna estima mientras alejamos a nuestros seres queridos y nos reunimos con ellos de higos a brevas. Para hacer menos penosa nuestro día a día aprendemos o nos inventamos fórmulas, frases, comportamientos que nos hacen que no se hagan tan lentos los tratos con las personas que No queremos a nuestro lado. Es decir: dejamos de ser nosotros, y por lo tanto de ser libres en el momento que dejamos de decidir en cada que hacer para pasar a repetir constantemente lo aprendido o inventado (una sola vez).
Pero viajando haz de preguntarte constantemente qué hacer, cuál camino coger, o simplemente puedes decidir no decidir nada y dejarte llevar por los acontecimientos. Si estás viajando te encuentras a gentes de tu agrado y otras que no lo son, pero en todo caso podrás decidir con quien ir o quien no. Y si no es así: si las circustancias te empujan a tratar con quien no quieres habrá sido gracias a tu error, o por culpa de tu acierto; pero en todo caso tendrás la conciencia plena de lo que vives, y el recuerdo de lo que te llevo allí.
Así que viajando estás inventando, y por lo tanto creando. Viajando te está descubriendo a ti mismo, o quizás te inventas a ti mismo ¿Y se puede realizar más uno que de esa manera? Bueno quizás sí.
Además viajando también se hacen todas esas cosas que se le suponen de

sde siempre al que viaja: se viven otras costumbres, se experimenta el estar en otros puntos de vista, y en otros puntos de mira (y no los de siempre, que ya aburren), se escuchan nuevos ruidos, se bailan nuevas música, se ven nuevas caras, se comen nuevas comidas, y se beben diferentes licores.
Viajando se aplaca la nostalgia que todos tenemos de lo no vivido, de lo no visto, de lo (todavía) no sentido.
Viajar prolonga tu vida, la hace sensiblemente más larga; pero no es realmente gracias al viaje sino gracias a la libertad. Las horas en las que eres libres (las horas que pases luchando, o viajando, o con tus amigos) serán las mas largas de tu vida y las que más recuerdes: las que más vivas; a lo otro mal se le puede llamar vida.
Burton dijo que el momento más alegre (y el más triste; y el más vivo añado yo) de la vida de un hombre es el de la partida a un largo viaje hacia tierras desconocidas.
Puede que tuviera razón. Nunca lo sabremos: ya no existen manchas negras en los mapas. Pero sí queda la sensación de alegría que experimentamos al comienzo de un viaje hacia lugares desconocidos (para nosotros).
El viaje también tiene una característica que lo hace único: los ricos no viajan (tampoco los pobres añadirán algunos. Obvio digo yo).
Viajar no es caro, pero tampoco barato. Para viajar durante mucho tiempo, hace falta dinero, y evidentemente hay que tener cuidado de cómo gastárselo. Aquel que va viajando gastando mucho dinero –en autobuses buenos, en hoteles de lujo, en restaurante de 25 tenedores, en actividades turísticas- inevitablemente deja de viajar para esclavizarse en la espiral turista-consumista. Eso suponiendo que alguien que tenga mucho dinero pueda estar mucho tiempo fuera de sus “responsabilidades”.

La gran aventura es siempre el viaje, y aventura es el recorrido de nuestros sueños, y no se sueña con ser esclavos: eso sería una pesadilla.
Pero claro, el viaje engancha, y la libertad también.
Para eso nace el turismo. El turismo es el viaje con cadenas. Da igual si estas un año o una semana de turista. Da igual que el turista sepa o no lo que va ver. No son estos los parámetros que lo diferencian del viajero. Hacer turismo puede ser muy beneficioso y gratificante. Ya lo he escrito: se pueden conocer nuevos sitios, nuevas gentes, blbalblalbalbala Pero no será viajar.
Y no lo es porque viajar es sentirte libre, y hacer turismos significa tener un hotel ya determinado desde Sevilla, con unas visitas ya planeadas de antemano, con una guía que te lleva y te trae, con un grupo de gentes que te acompañan a todos sitios, con poco tiempo para hacer todo (o nada). No es que esas cosas sean las determinantes en sí. Pero sí te quitan el tiempo para viajar, para decidir por ti mismo. Para ser libre. Al final haciendo turismo se reproducen las mismas formas de la vida rutinaria que ya vives allí donde habitas.Es la misma vida de trabajador en tiempo festivo pero con un nuevo escenario. Haciendo turismo pagamos a alguien o a algo para que decida por nosotros. En pos de la comodidad nos convertimos en esc

lavos de lujo.
El hacer turismo será placentero, pero como puedo ser “irse de putas” o comer en un restaurante. Pero desde luego no es transformador, ni nos hace sentirnos libres (es lo mismo), ni nos rebela contra el orden establecido.
El viaje sí. El verdadero viaje es transformador, y por lo tanto revolucionario. Y engancha.
Claro, es peligroso. Te puede pasar como al Che, y puedes intentar cambiar a mejor las cosas.
Y eso muchos no lo quieren.
Pues eso.
Ps: Sigo es

tudiando.
Ps2: Ayer, ví
Un mundo perfecto. Estuve pensando que era una gran Road Movie, como dicen los yankees. Y a partir de ahí me acordé de Keruac y de su On the Road.
Lo leí hace cuatro años pero hay un pasaje que se me quedo en la cabeza para siempre: tenía que ver con el rollo de sentirse libre viajando, o de dejar de ser uno mismo. Así que como venía bien para la paranoya que arriba he escrito, cogí el libro despues de la peli y lo busqué, sin exito.
Lo que sí encontre fue un párafo(el único de todo el libro) que estaba subrayado. Me sorprendió.
Es este:
"...nuestro maltrecho equipaje volvió a amontonarse en la acera; todavía nos quedaba mucho camino. Pero no nos importaba: la carreterra es la vida"
Me alegra pensar que sigo pensando como pensaba hace cuatro años. Nunca se sabe.
Ps3: Al final encontré el texto que buscaba al principio:
Me desperté cuando el sol se ponía rojo y fue aquel un momento inequívoco de mi vida, el más extraño momento de todos, en el que no sabía ni quién era yo mismo: estaba lejos de casa, obsesionado, cansado por el viaje, en la habitación de un hotel barato que nunca había visto antes (…) No estaba asustado, simplemente era otra persona, un extraño, y mi vida entera era una vida fantasmal. Estaba a medio camino atravesando América, en la línea divisoria entre el Este de mi juventud y el Oeste de mi futuro, y quizá por eso sucedía aquello allí y entonces, aquel extraño atardecer rojo. (Kerouac, J. 1998 :27).
Lo encontré en la Internet; de mi libro parace que ha desaparecido.