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viernes, septiembre 19, 2008

Un cuento...

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EDITADO: Hoy, por DÉCIMO día consecutivo...

Hoy, por quinto día consecutivo, en Kiev tenemos una nube que empieza a unos dos metros de altura y de la que no se ve el final... ni físico, ni en el calendario... mucho me temo que es la nube del invierno, que se hace fuerte por estas fechas y se queda, fija y constante hasta la primavera... Magnífica para leer, escribir, ver películas y cultivarse en general... pero joder, se podría haber esperado un poquito en llegar. Veo las fotos que colgué hace poquito más de una semana, y me parece imposible que ese sol y esa luz existan de verdad... pero no, yo estuve allí... casi huelo a mar todavía!!! (y me he duchado eh?)... no pongo fotos de las vistas nubladas que tenemos hoy desde la oficina... aún tengo esperanzas de que alguno os animéis a visitarme por aquí...

Así que con este tiempo te pones un poco tontito, y música para acompañar el momento...

Je T`aimais, Je T`aime, Je T`aimerai - Francis Cabrel

Os dejo también con un cuento, intentaré que se convierta en una costumbre dejar uno de vez en cuando:

DANIEL


“La medicación. La medicación. La medicación”. Ella ya está mayor, y además del miedo de que a él se le haya olvidado, se suma el miedo que de su cuarto al pasillo, antes de llegar a la cocina, se le olvide a ella también para qué se había levantado. “Es que ya se me va la cabeza, que estoy viejecita”, les dice siempre a sus nietos. “La medicación, la medicación,…, ¿se la habrá tomado? ay, cómo se le haya olvidado”. E inicia ya a lamentarse y a sufrir por el olvido que aún no sabe si se ha producido.


Cada mañana se levanta antes de que él se vaya de casa para comprobarlo. Se levanta, porque obviamente estaba ya despierta desde mucho antes. Desde su cama escucha ahora el camión de la basura primero; los camiones de reparto un rato después; e inmediatamente, los niños que, durante cuarenta minutos, llegan al colegio. Antes, escuchaba a los jornaleros, que se anunciaban para que alguien los llevase a arar su campo. Antes escuchaba los tractores, de aquellos que se los podían permitir, que se iban sin jornaleros, a arar todo lo que se les pusiese por delante. Antes se tenía que levantar a preparar la cesta a su marido, que a las cinco de la mañana salía a cuidar sus pipas, su centeno, su porvenir. Antes vivía en su pueblo, en su vida. Ahora es viuda, ya no vive su vida. Vive la de su hija, en la ciudad que ésta eligió, porque ya está muy mayor para andar viviendo en un pueblo aislado de Aragón, al que no llega el periódico, y en el que, por supuesto, no hay niños ni colegio. Pero ello no piensa en todo eso desde su cama. Piensa sólo en la medicación de su hijo. “¡Ay si se le olvida! Mira que se lo digo siempre: lo primero cuando te levantes, la medicación, que yo ya estoy mayor y se me va la cabeza… Me tienes que ayudar Daniel, como te dijo padre”, le dice, con el mismo tono con el que le hablan las madres a los niños que llevan al colegio, a Daniel, cercano a los cincuenta. “Sí”, dice él.


Las pastillas las tenían guardadas en una cajita que Daniel fabricó, con treinta separaciones cuadrangulares y numeradas, de forma que así sabía si cada día se había tomado la pastilla correspondiente. Cuando el mes tenía 31 días, pues se ponía ración doble en el día treinta. Así de fácil. Hasta que un día descubrieron en una farmacia que tenían esos pastilleros, “más bonitos y más cómodos”, decía ella. “Pero si los puedo hacer yo, ¡para que le vas a pagar a esta gente! Anda y te gastas el dinero en una cosa para ti”, decía él. Pero los acabaron comprando. Eran sólo tres euros, pero para Daniel, que desde que le diagnosticaron la enfermedad no había vuelto a trabajar, le parecía mucho.


Pero ni la cajita, ni las numeraciones, ni el hecho de que casi cada día, cuando ella llegaba a la cocina la pastilla ya no estuviese en su cuadradito, le aliviaban su angustia. Aunque la realidad era esa, que a él casi nunca se le olvidaba. Ni eso ni nada. No se le olvidaba comprar el pan cada día, para su casa y para la de su hermana, perfectamente proporcional a los habitantes de cada casa en cada momento, invitados incluidos. No se le olvidaban los recados, ir a correos a llevar tal carta, ir a no sé dónde a recoger tal otra. Con mayor diligencia y acierto que sus sobrinos de 25 años, o lo que viene a ser lo mismo, con diligencia y acierto. Se acordaba incluso de los autores que había leído durante el instituto, de las lecciones de historia y filosofía, y no habían sido pocas las veces en las que se hablase de historia o literatura en una reunión familiar y que él, aparentemente ensimismado, mirándose las manos, jugando con una cartón de tabaco o fabricando un cenicero con una lata de coca-cola, de repente desatascase la conversación, aportando el autor de un poema, una fecha o el título de una obra. Y en ese momento, los más jóvenes se reían orgullosos, y los más mayores se miraban, abrumados, quizás por la dureza de la vida que dejó en esas condiciones a alguien que podría haber sido tan brillante, o quizás por lo que le debían a esta vida y a sí mismos, por haber tenido la suerte de poder vivirla plenamente. No como él, pobre Daniel, maldita esquizofrenia.


En esos momentos, su madre, que siempre lo vigilaba en las reuniones, se preguntaba cuál era el verdadero, cuál era el que residía en esa cabeza morena y grande. ¿Era el que era capaz de quedarse tumbado en la cama un día entero si ni le recordabas que tenía que levantarse, o era este otro que conocía el autor de una novela rusa o de un país de esos? ¿El qué no se duchaba si no lo metías en la ducha o el que era capaz de ir a cuatro sitios en una tarde para hacer todo lo que le habían encargado? Ella no entendía muy bien cómo era posible que hasta los dieciocho años, su hijo fuese un chico que si bien no era normal era exclusivamente porque era extraordinario en sus capacidades, y que después no pudiese llevar una vida normal por sí sólo. Y esos momentos de brillantez, le hacían entender aún menos.


Pero desde hacía mucho tiempo, ya no se preguntaba estas cosas. Sólo cuando murió su marido, el padre de Daniel, se preguntaba si él lo entendería, cuál de los dos procesaría lo que estaba pasando, pero tampoco en esa ocasión insistió mucho la pregunta en su cabeza. Cuando murió su marido, con el que había compartido todo, su referente, su vida, lo que le preocupó fue qué sería de su hijo cuando también ella faltase.


Daniel andaba siempre escribiendo en una libretita, en realidad en la primera libreta que encontrase, ya que lo que escribía no tenía ninguna conexión con lo que había escrito antes. Al menos ninguna conexión lógica que le hubiese empujado a la igualmente lógica necesidad de recopilar y ordenar lo que escribía. Siempre había sido así. Siempre, desde su enfermedad. Y por ello su madre dejó ya en los primeros años de leer lo que escribía, ya que era una bofetada a sus ojos, a su cabeza de mujer de pueblo, en los que la enfermedad es un castigo merecido por algo hecho por ti o las generaciones anteriores de tu familia, y una bofetada a su corazón de madre.


Sin embargo, un día, al ordenar su cuarto, vio un cambio en la letra, legible, en el orden y en la claridad de la página. No pudo leer mucho, ya que no sabía leer muy bien y le fatigaba, pero si lo suficiente para confirmar que el cambio era total, no sólo en la presentación, también en lo que decía. Se dedicaba a contar lo que había hecho el día anterior, en cómo estaba contento de poder ayudar a su madre y… poco más pudo leer. Esto no le quitaba la angustia de saber que su hijo estaba muy enfermo, y de que siempre dependería de otras personas para vivir, pero ayudaba. Tranquilizaba. Incluso, esa semana, algún día se quedó dormida y cuando se levantó (“la medicación, la medicación, la medicación,…”), él ya se había ido.


Yo, su nieto pequeño, la escuché contarle todo esto un día a mi madre, un domingo de los que nos íbamos a comer a su casa. En ese momento me quedé callado, y creo que ya lo haré para siempre, aunque sé que no tiene gran importancia, pero ¿qué ganaría yo, ella, mi tío o mi madre, si cuento que fui yo quién jugó a escribir ese diario a nombre de mi tío?.

10 comentarios:

missbrightside dijo...

ey¡¡¡ me ENCANTA esta canción¡¡¡¡ no pense que fuera muy conocida...una buena sorpresa para un viernes de resaca ;-)y no sabía que hablas francés...

besos desde sp

Ivanhoe dijo...

que pasa loco? echo de menos una crónica del fin de semana en Budapest...por lo demás eres un crack!
Un abrazooo

Anónimo dijo...

..sigue escribiendo Edu!qué emoción!

Anónimo dijo...

Precioso. Al principio me pareció algo pornográfico. Al final me ha emocionado profundamente. No sé muy bien por qué. Pero tú sigue recopilando y ordenando lo que escribes. Si nunca jugaré a escribir en el cuaderno de mi tío será por respeto a su intimidad y porque la ficción casi siempre supera a la realidad.
Un beso!

DdeAndrés dijo...

Grande Edu... esperemos que el cielo de Sevilla esté también cubierto a tu vuelta y sigas escribiendo.

Edu dijo...

missbrightside: no hablo francésun grna defecto que le veo a ese idioma es hablarlo con los franceses...

Iván: la crónica del viaje a budapest quedará entre nosotros... que buri tiene una imagen que mantener... y no vaya a ser que antonina lea por aquí ;-)

Anónimo 2: normalmente se dice que es la realidad la que supera la ficción, no? y pornográfico... no entiendo muy bien tu comentario... esto es un cuento!!

ddeandrés: eres tan graciosillo como la de Sidney... como el cielo de Sevilla también esté cubierto me voy a Nigeria... esperemos que el de Madrid aguante y esté azulito y calentito para nuestro reencuentro!! A las 21.27! yo me llevo gafas de sol!

Que metan ya la sidra en la nevera!!

e dijo...

Edu se pone nostálgico. Ya verás como en Moscú te lo quitan a base de vodkas con naranja..

Edu dijo...

Adviorka!! Vodka con naranja= adviorka.

La lección más importante de ruso y la gordis nos dejó sin ella.. nostalgia poca, pero esa poquita mejor que con vodkas me la vas a curar tú invitándome a sidra dentro de ná ;-), vale??

Te va a resultar raro volver al verano después de este primer invierno? Nos vemos!!

Dédalus dijo...

Cuando he visto que estabas en Kiev, no he podido evitar recordar "All is illuminated", esa maravillosa película que se desarrolla en Ucrania, cuando un joven norteamericano, de origen judío, decide ir en busca de Trachimbrod, un lugar imposible en el que nacieron y vivieron sus ancestros...
Me conquistó.

Saludos, Edu. Siento lo de esa nube.

Alberto dijo...

dedalus,

Me he metido en tu perfil (creo que es la primera vez que me meto en el perfil de alguien) y he acertado: un lugar en el mundo (qué pesao soy): claro que sí. Y D.H Lawrence ¡pues claro!

Me voy a meter ahora en tu blog, a ver por cual perdido rincón del mundo te encuentras.

Edu, ya estoy en Sevilla: Tu amor es maravilloso pero como el amor de madre ninguno (entiéndase todo a partir de la simbología sobre el amor que Edu nos regaló en unos de sus maravillosos post; el amor de mi madre también es incomparable).

Salud.

Desde donde el otoño se disfraza de verano día y noche.

ALberto.

PS: Crash, mmmmm regulera.