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viernes, julio 25, 2008

VOLVER

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Dice la canción que siempre se vuelve al primer amor… pero tenemos tantos primeros amores… ¿cuál sería el primer amor?, ¿cuál sería el vuestro? ¿Sería ése amor platónico del colegio o de los primeros años de instituto? O sería ese amor nunca correspondido e idealizado de la adolescencia, de tu vecina (no es mi caso, por si nos lee, que no se asuste…), de alguna amiga eternamente ennoviada… o ese de verano, fugaz y hermoso, sólo risas y buenos momentos… o aquel que no sabes cómo nació pero que nunca muere, que se repite encuentro tras encuentro, prolongado en los años, quizás de una compañera de universidad, que cuando tu querías ella no podía, y que cuando ella quiso tu no pudiste, y que cuando ambos habríais querido la vida no os dejó…

Hay tantos y tantos, con sus matices, con sus diferentes grados de intensidad… ¿cuál es el primero? Porque esto no es sólo una cuestión temporal, como estará ya diciendo alguna de vuestras mentes ingenieramente prácticas… el primero no es simplemente el que llegó antes. Eso vale para la fila de mercado o para el Tour (¡¡vamos Sastre!!), pero no para esto… en esta carrera el que llega segundo o tercero te puede abrir las puertas de un mundo en el que te das cuenta que el que hasta entonces pensabas que era el primero era sólo un telonero, un ensayo de lo que estabas por descubrir… o te puede pasar exactamente lo contrario… que el que llega te haga darte cuenta que ese tren que has dejado pasar era al tuyo, que en él la ruta y cada una de las estaciones eran un impulso para seguir con el viaje de novedades y emociones…

Sin duda, hay una sensación, que queda ahí, una nostalgia que a veces se manifiesta, una emoción en cada reencuentro que identifican sin duda al primero, al primer amor de verdad. Hay quien tiene la suerte de vivir todavía en este primer amor, y hay quien no. Sin duda, en mucho más fácil identificarlo para los segundos que para los primeros… éstos, inconscientes, insensatos, darán ese rango al que simplemente fue el primero en llegar, a una historia que de haber llegado en cualquier otro momento nunca se habría ganado el calificativo de amor, sino simplemente eso, de historia, fuese ésta más o menos bonita.

A mí, que formo parte del segundo grupo, la emoción que he sentido en cada reencuentro con mi primer amor no me deja lugar a duda… mientras estuvimos juntos, me dio la serenad de descubrirme feliz en mi libertad, cuando nos separamos, siempre me atormentó la idea del no haber hecho lo suficiente, de simplemente haberme alejado de ella, que tan feliz me hizo, por no habérnoslo propuesto con la calma del día a día, sin límites, sin plazos… En este tiempo he visitado algunas de mis amantes, algunas de mis relaciones esporádicas, he vuelto a muchas de ellas, a muchos escenarios.. nada que ver. Sí, tienen sus cosas bonitas, sus cosas agradables, pero ni me poseen ni me pertenecen como ella, a la qie conocí por casualidad, siendo un niño, y que me hizo ser consciente que si quería disfrutar de la vida como lo hice con ella, tenía que arriesgarme, tenía que tomar las decisiones en el momento en que sentía la corazonada y no esperar a que se diesen las circustancias... porque muchas veces sólo se dan si las buscas, o si tienes mucha suerte y te las encuentras, como me pasó con ella. Pero la semana que viene, por fin, nos volveremos a ver, me reencuentro con ella, con mi primer amor. También dice la canción que como “el viajero que huye, tarde o temprano detiene su andar”. No sé donde detendré mi andar, ni cuando, o no sé si será en tí, pero tengo muchas ganas de verte de nuevo. Sé que tantos te habrán dicho en este tiempo lo mismo que te digo yo… sé que a tantos habrás mostrado tus maravilla y habrás enamorado, sé que yo no soy único para ti, pero tú si lo eres para mí,… tú, mi primer amor, FREIBURG. Allí estaré del 6 al 12 de agosto.

Volver - Andres Calamaro

Y una de esas amante que he visto esta semana ha sido Barcelona, encantadora y elegante como siempre, joven y dinámica. Atractiva como pocas, pero no tan accesible, no se te entrega, como Freiburg, por mucho que tu te entregues a ella. Pero poco puedo decir de Barcelona, ya convertida en ciudad invisible por Cristina, que estos días la deja… lo que sí haré será editar ese post de Cris para incluir algunos sitios a visitar si hay todavía quien no conozca la ciudad.

Barcelona


Y a los que vayáis a descubrir Barcelona, no os perdáis la sensación de meteros desde las abarrotadas ramblas a las calles mucho más íntimas del Raval, por detrás de la boquería, o la calle que lleva desde las ramblas a el Macba. Lo mismo ocurre con algunas de las calles del gótico, la plaza del Pí y su catedral, maravillosa, y por su puesto el Borne y la Catedral de Santa María del Mar... los vascos del Borne, en los que no se os puede olvidar que se os caiga algún palito (mejor si es una espada), el mercado de la boquería, que tiene cosas alucinantes, y en el que os recomiendo que paseís a los puesto del fondo, un 50% más baratos que los de primera fila... Por la noche las placitas de Gracia, cervecitas de pakis a un euro o gratis se las das las gracias en paquistaní... y por supuesto, las bravas de Gracia, en casa Tomás, las mejores de Barcelona, no Cris? Qué gran ciudad.. y que nadie se enfade si su gente habla en su idioma, el català. Buen rollo.

Besos y abrazos, nos vemos, quizás en el Stussie...

viernes, abril 11, 2008

FREIBURG

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Hoy es un gran día para escribir sobre esta ciudad invisible: Freiburg, Friburgo, Freiburg Im Bresgau. Porque hace muy pocos días un gran amigo (que no digo aquí, por si sus padres todavía no lo saben…) me dijo que le acababan de dar una beca para irse los tres meses de verano allí… qué cabrón, qué envidia. Y porque siempre es un buen día para acordarse de esa cuidad. Hay quien dice que nunca se ha de volver a los sitios donde fuiste muy feliz. Yo prefiero creer que hay que volver a ellos, física o mentalmente. Y si tu vida actual no resiste la comparación, hacer lo que puedas para ser tan feliz como entonces… claro, que no todo puede depender sólo de ti. Entonces vuelve a ellos, para ver si esa parte que no depende de ti, te la pueden aportar ellos… quién sabe.


Hablar de Freiburg para mí es más que hablar de un viaje, o de un sitio, o de un tiempo. Hablar de Freiburg es precisamente hablar de la ciudad de las ciudades escondidas. Es un viaje en mi interior, en mis recuerdos y en mis pensamientos, un viaje a una ciudad que no está en ninguna parte, que no tiene habitantes. O mejor dicho, y esto es algo que me enseñó ella, una ciudad que está en todas partes: allí donde estén unos habitantes muy concretos, compañeros de viaje en esta ciudad invisible. Me explico: a Freiburg me llevó una curiosidad por conocer sitios diferentes, por conocer un idioma diferente, y en gran parte, la casualidad. Yo me quería ir Rennes, Francia. Y en Freiburg descubrí la justa importancia de los escenarios, que la tienen, pero que no hasta el punto de que te aten o te limiten, y de la gran importancia de encontrar a una, dos o tres socios que se alegrasen de alegrarte. Descubrí la belleza de la libertad, de sentir que en cada momento estaba haciendo exactamente aquello que me hacía más feliz. Descubrí la energía que te da esa libertad, que se convierte en una energía deseosa de devolver esa felicidad a quien te la regala a ti. Descubrí las barbacoas en el lago Seepark hasta que se ponía el sol, descubrí lo que puede llegar a pesar un erizo, por pequeño y feo que sea, cuando lo llevas con tu bicicleta, descubrí los despertares con notas que te alegraban la mañana y que te hacían subir silbando la cuesta de la Hauptbanhoff, descubrí los helados italianos y cómo facilita las cosas, y los helados gratis, una sonrisa y una chica linda. Descubrí lo diferente que es conocer a alguien en un idioma y en el suyo propio, que por mucho que te empeñes Utilizieren nunca va a significar utilizar en alemán (benutzen) y que si dices que “Ich verstehe keine Paprika” (no entiendo un pimiento) los únicos que te entenderán a ti serán los españoles, algún italiano avispado y algún turco que haya vivido en España. Pero nunca los alemanes.

Cuando me fui de Sevilla, tenía mi novieta guapetona, mi equipo de fútbol, los colegas, una carrera casi acabada… una autopista que me llevaba cómodamente al destino. Cuando volví de Freiburg, y a pesar de que nunca he vuelto a vivir en ella ni me he planteado hacerlo, sentía la necesidad de que esa ciudad invisible debía seguir en mi vida. Todo aquello que había descubierto, debía seguir en mi vida, y mi vida debía seguir en aquella ciudad invisible y sus habitantes, estuviesen donde estuviesen.



Y el intento equilibrio entre las obligaciones (que a veces también las hay) y hacer lo que me pedía esa libertad que sentía yendo de un sitio a otro en mi bici, de Seepark a Vouban, de allí a Waldsee, y al Beirgarden en Schlossberg, me llevó a Barcelona, de Barcelona a Bologna, pasando por Munich y Galway, de Bologna a Maastricht, de allí a Madrid y ahora a Kiev… siguiendo y persiguiendo esa vida, tan rápido que a veces no sé si no me la he dejado atrás, olvidando lo que he dicho al empezar: que esta ciudad invisible está en todos sitios. Que al haberla conocido ya sabía el camino que me llevaba a ella: el de la libertad y sus habitantes. Y que podía vivir en ella aunque fuese en un pueblecito de Cádiz o de donde fuese.

Qué envidia los que encuentran todo lo que necesitan en su barrio o en su pueblo…

¿Qué envidia?

Hoy, cinco años y medio después de mi llegada a Freiburg (aún la recuerdo, “qué coño hago ya aquí”) y cuando hagan seis de mi despedida (que también recuerdo como ayer, entre risas, jamón y una angustia repentina ante la despedida en el aeropuerto de Frankfurt… de nuevo la casualidad), cuando me pierdo un poco, cuando no encuentro la dirección a Freiburg, miro las fotos de aquel tiempo, miro a aquel chaval de 22 años radiante de vida, de felicidad y de libertad, y me pregunto qué diría él si viese esta vida casi seis años después.

Y le vuelvo a preguntar… y me diría: “Yo, con una cervecita y el sol… el paraíso, ¡ah! Y cacahuetes!”

EDITO (Alberto): La garra. Y fotito. Recuerdo el fundamento del concepto garra, pero ahora mismo no visualizo el ejemplo concreto que nos hizo acuñar tan afortunado término.